Los papelitos rojos y blancos se acumulaban dentro de la bolsa que sostenía mientras su padre los recolectaba uno a uno del verde césped, que descansaba feliz con la satisfacción del deber cumplido. Cuarenta mil personas habían saltado, alentado y festejado por última vez sobre los tablones de Alvear y Tagle, donde el recuerdo de cada abrazo y cada gol, permanecía en el espeso aire que respiraba.
Aún perduraba el jubilo del reciente seis a uno y la euforia de las tres vueltas olímpicas que dio sobre los hombros de su padre, cuando la angustia le inundo la mirada sobre la tribuna dormida de un estadio que se despedía para siempre, del calor de la pasión.
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