La infancia ocupa un lugar preponderante en nuestra adultez,
mediante recuerdos nos anima e impulsa con sensaciones de nostalgias
y alegrías que nos ayudan a combatir el estrés y las
responsabilidades de la vida. Los recuerdos, también, van tomando
relevancia con cada decisión que afrontamos, no recordaría mi
primera pelota, si no hubiera jugado con ella toda mi infancia.
Imagínense con nueve o diez años, algunos mas, algunos menos,
también serviría al caso, despertándose un domingo de noviembre
empapado en transpiración por culpa del calor sofocante de la ciudad
de Buenos Aires. Imaginemos también que todos los domingos, después
de un rápido baño, caminamos junto a la familia las siete cuadras
que nos separan de la casa del abuelo, mientras charlamos sobre
fútbol, mas precisamente sobre river, y el partido que escucharíamos
en breve en la radio del abuelo, debatiendo formaciones y
pronosticando una goleada, porque a esa edad, creemos que todos los
partidos deberían terminar con goleada a favor.
El recuerdo de comer ravioles un domingo al mediodía, riendo entre
todos y escuchando un partido rodeado por la familia millonaria,
seria una emoción digna de revivir cuando las cosas se complican,
ahora imaginemos que el domingo del recuerdo, es el dieciocho de
noviembre de mil novecientos cincuenta y uno, imaginemos que al
llegar a la casa del abuelo, no encontráramos la radio junto a la
mesa como todos los domingos y en su lugar halláramos un extraño
aparato con un vidrio cuadrado en el frente. Imaginemos la angustia
por el desconcierto y la (Inmensa)emoción de aquel abuelo mientra nos explica lo que esta apunto de
pasar.
Imaginen la alegría de ver por primera vez a Amadeo Carrizo poner el
mantel, a José Ramos traer la fuente a la mesa, para
que Norberto Yácono nos sirva los ravioles, escuchar el
chiste de Lidoro Soria y retrucarle a Julio Venini la
misma cargada de todos los domingos, pedirle un pan a Héctor
Ferrari para mojarlo en la salsa como hacia Juan José
Pizzutti. mientras Walter Gómez destapa el champagne y
Angel Labruna acomoda las copas, imaginemos también, a Félix
Loustau viendo el empate de Santiago Vernazza en el living
de la casa del abuelo.
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